El 24 de junio en Las Tejerías siempre ha sido una jornada donde el misticismo y la historia se abrazan sin pedir permiso. Desde las primeras luces del alba, el repique del tambor despertó al pueblo. Las cofradías de San Juan Bautista, con sus pañuelos rojos y altares floridos, tomaron las calles en un sangueo cadencioso. El ritmo parecía brotar del asfalto mismo, un latido colectivo que celebraba la vida, la fe y la herencia indomable de la costa.
Mientras en Las Tejerías el santo bailaba al son de los cueros, en el oriente del país, en la población de El Tigre, el aire vibraba con una solemnidad distinta. El Día del Ejército y el aniversario de la Batalla de Carabobo se conmemoraban con un imponente desfile cívico, militar y estudiantil. El paso firme de las botas, el brillo de los uniformes y las banderas ondeando al viento rendían tributo a la gesta que fundó la patria. Dos realidades venezolanas, la sagrada y la heroica, transcurrían en un espejo perfecto de identidad. Hacia las dos de la tarde, el recorrido de los sanjuaneros alcanzó su clímax frente a la Alcaldía. El calor de la tarde no amilanó a la multitud; al contrario, los tambores retumbaban con una fuerza frenética que guiaba el movimiento libre y alegre de las caderas de las jóvenes muchachas, cuyo baile hipnotizaba a los presentes.
Ese repique fue el puente perfecto para conectar con otra gran celebración del día: el cumpleaños del Alcalde Régulo la Cruz. Las puertas de la Casa de la Cultura se abrieron de par en par para recibir al pueblo. Adentro, la atmósfera era de pura algarabía. La música en vivo contagiaba a todos, mientras las bandejas de comida y los vasos de bebida circulaban sin cesar. El alcohol, la risa y el júbilo colectivo crearon una burbuja de desconexión total donde el mundo exterior simplemente dejó de existir.
A eso de las seis de la tarde, la fiesta popular rozaba su momento más tierno y tradicional.
La cronista Carmen Rojas, respetada por salvaguardar la memoria del pueblo, se acomodaba frente a la piñata, con el palo en la mano y la sonrisa dispuesta, lista para desatar las risas de los presentes.
Entonces, el tiempo se congeló. Un bramido subterráneo, sordo y violento, ahogó la música. El suelo de la Casa de la Cultura se sacudió con una furia imprevista. Para quienes ya sentían el peso del alcohol en las venas, los primeros segundos parecieron una pérdida pasajera del equilibrio, un vaivén mareado que pasaría rápido. "No es nada, una sacudida más", pensaron algunos entre la bruma del festejo. El temblor cesó en un suspiro, dejando tras de sí un silencio espeso, interrumpido solo por el tintineo de las botellas y los murmullos nerviosos.
Pero la ilusión de la normalidad se pulverizó en menos de una hora. La realidad irrumpió como un golpe seco en el pecho. Los teléfonos, las transmisiones de radio y las voces desesperadas comenzaron a tejer una crónica de terror que nadie quería creer. Lo que en Las Tejerías se sintió como un susto pasajero, en el resto del país se había transformado en un cataclismo.
Las noticias que llegaban de la costa eran devastadoras: el suelo firme se había convertido en una trampa mortal. En La Guaira, las estructuras no resistieron; el dolor se multiplicó al confirmarse que más de 200 edificios se habían derrumbado, transformados en montañas de escombro, polvo y lamentos. La línea del horizonte caribeño se desfiguraba entre columnas de humo y el eco de las sirenas.
El pánico se extendió como la pólvora por toda Venezuela. De oriente a occidente, los reportes repetían la misma pesadilla de infraestructuras colapsadas y vidas sepultadas bajo el concreto. En la Casa de la Cultura de Las Tejerías, la música ya no volvió a sonar. Los rostros, antes encendidos por la fiesta y el licor, se tornaron pálidos y desencajados. El 24 de junio, que había comenzado con el canto devoto a San Juan y el orgullo de Carabobo, cerraba sus cortinas envuelto en el luto, la incertidumbre y el llanto de una nación sacudida hasta sus cimientos.
Ana Macedo
"Abogada, historiadora y escritora, con formación académica como cronista comunal. Mi trabajo se sitúa en la intersección entre la investigación histórica, la crónica y la narrativa literaria. Documento la memoria de Aragua y sus gentes desde la microhistoria, transformando el archivo y el testimonio en historias con voz propia fusionando la prosa y la poesía".
@anamacedo_escritora
Las Tejerías, 27/6/2026
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