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Mapa del Municipio Santos Michelena

sábado, 3 de octubre de 2026

Alma y Ritmo del Joropo Central; La negra Esperanza.


Las Raíces y el Compás de la Tierra.

El 1 de agosto de 1939, en el entrañable sector victoriano conocido como La Otra Banda, nació Petra Esperanza Torres, una mujer cuyo destino estaba indisolublemente tejido al pulso vibrante de la tradición venezolana. 

Hija de Inés María Torres y Nicanor Flores, creció en el seno de una familia humilde de arraigadas costumbres, donde el trabajo diario y el amor por lo nuestro formaban el cimiento de la existencia.

Desde muy joven, el compás del arpa, el cuatro y las maracas penetró en su espíritu, convirtiéndola con los años en baluarte indiscutible, cultora, docente, escritora y embajadora por excelencia del Joropo Central en el estado Aragua.

Aquellos primeros tiempos del joropo aragüeño, marcados por leyendas vivas como el dúo de don Salvador Rodríguez y Margarito Aristiguieta, fueron la escuela natural donde se forjó la vocación de quien hoy todos llaman cariñosamente «La Negra Esperanza». 

Sin una formación académica tradicional en las artes —pues apenas pudo completar su educación primaria en las escuelas de su ciudad natal—, su talento floreció desde la autonomía del autodidacta. Desarrolló un método propio para transmitir la danza y la historia de la música central, transformando cada zapateo y cada giro en una clase magistral de identidad cultural.

Su vida personal también se edificó sobre cimientos sólidos. El 7 de septiembre de 1957, en la Iglesia Nuestra Señora de La Candelaria de La Victoria, contrajo nupcias con Guillermo Eloy Condat Álvarez, unión bendecida por el sacerdote Guido Achirri. Juntos construyeron un hogar numeroso y ejemplar, dando al mundo siete hijos: Ynés Virginia, Guillermo Agustín, Nora Esperanza, Félix Eduardo, Carmen Alida, Rafael Eloy y Esperanza Aurora. 

A pesar de los rigores de la vida y la temprana pérdida de su compañero en julio de 1998, La Negra Esperanza supo mantener encendida la llama del hogar y la pasión desbordante por la cultura popular.

«Esperanza que contagia con su donaire el ambiente de quienes la rodean.» — Williams A. Hernández

II. El Legado Vivo y el Honor Perpetuo

Lejos de limitar su arte a los escenarios, La Negra Esperanza ha recorrido ateneos, casas de cultura y centros de educación popular por toda Venezuela. 

En 1991 dio vida al Encuentro de Joroperos, Joroperas, Cantadores y Arpistas «La Zapatilla Central», un evento de profunda relevancia para el eje este de la geografía aragüeña que congregó a cultores de múltiples generaciones. Su inquietud artística no se detiene en la danza: es también creadora de muñecas de trapo y de hojas de maíz, poetisa y autora de obras didácticas imprescindibles como Así bailamos el joropo aragüeño (2000), publicado con el apoyo del Centro Regional de Documentación e Investigación de las Culturas Populares.

Su pluma también ha dejado huella en la prensa local, destacando su columna semanal en el diario El Clarín de La Victoria. Su labor incansable ha sido justamente galardonada a lo largo de los años.

Recibió la Orden Ciudad de La Victoria, el Tesoro Aragüeño, el Beleño de Oro, el Canario de Oro, el Premio de la Diversidad Cultural en 2006 y la Orden Luisa Cáceres de Arismendi. Asimismo, fue declarada Patrimonio Cultural Viviente del Municipio José Rafael Revenga en enero de 2012 y distinguida como Ilustre de Las Tejerías.

La consagración oficial de su trayectoria cumbre se materializó recientemente, en agosto y septiembre de 2026, cuando el Gobierno del Estado Aragua y el Concejo Municipal del Municipio José Félix Ribas la declararon oficialmente Patrimonio Cultural Viviente. 

Este reconocimiento rinde tributo a sus 87 años de vida ejemplar, de los cuales casi cuatro décadas han estado dedicados en cuerpo y alma a defender el alma musical de Aragua.

Hoy, La Negra Esperanza camina con la frente en alto frente a la Plaza Ribas de La Victoria, sabiendo que su nombre ya pertenece a la historia grande de Venezuela. Es la "Joropera de Aragua", la "Bailadora de Diamante", el faro que ilumina a las nuevas generaciones de cultores, demostrando que cuando el amor por la patria chica se lleva en el corazón, la esperanza nunca muere, sino que se baila con gracia, dignidad y eterno compás.

Ana Macedo
03/10/2026

viernes, 2 de octubre de 2026

Mario Mellado y la Sombra de Las Tejerías


En las faldas de la cordillera aragüeña, donde la neblina desciende como un velo espeso y el aroma a tierra mojada se funde con el humo denso de un tabaco perenne, la memoria de Las Tejerías aún resguarda los pasos de un hombre que pareció burlar al tiempo mismo. 

Mario Mellado se fue de este mundo a la pasmosa longevidad de los 106 años, dejando tras de sí una estela donde la realidad y el mito se entrelazan sin costuras visibles. 

Con su sombrero de ala ancha curtido por el sol y los años, y su mirada profunda capaz de desentrañar intenciones ajenas, Mario no fue solo un habitante del campo, sino el centro gravitacional sobre el cual giraban las leyendas más oscuras y fascinantes del valle.

A su alrededor, el pueblo tejía un manto de respetuoso recelo. Se hablaba de su finca retirada como de un laberinto indescifrable donde los intrusos perdían el rumbo hasta el alba, y de sus noches de tormenta en las que el monte entero parecía cobrar vida con aullidos insólitos.

Para los parroquianos, cada victoria en la hoyada jugando a las bolas criollas —donde las esferas rodaban solas buscando el mingo— o la infalibilidad de sus gallos en el ruedo eran pruebas silenciosas de un pacto primigenio sellado en la oscuridad de la montaña. Pero más allá del misterio y de las habladurías de pulpería, Mario encarnaba la estirpe inquebrantable del conuquero aragüeño. 

Aquel ritual cotidiano de susurrarle al oído a su fiel burro blanco antes de enviarlo a recorrer solo ocho millas de caminos oscuros y escarpados hasta la puerta de su casa resumía la comunión absoluta entre el viejo y su entorno. Nadie lo vio flaquear jamás; resistió gobiernos, crisis y tempestades con la misma firmeza con la que masticaba su tabaco ante la adversidad.

Cuando exhaló su último aliento, el valle guardó silencio. Hoy, cuando los caminantes cruzan los senderos montañosos al caer la tarde y sienten de súbito el rastro inconfundible del tabaco quemado flotando en el aire frío, saben que el viejo Mario no se ha ido del todo. Sigue vigilando desde la sombra de los cafetales, recordando que en las montañas de Las Tejerías hay leyendas que se niegan a morir.

Por Ana Macedo
2 de octubre de 2026