En las faldas de la cordillera aragüeña, donde la neblina desciende como un velo espeso y el aroma a tierra mojada se funde con el humo denso de un tabaco perenne, la memoria de Las Tejerías aún resguarda los pasos de un hombre que pareció burlar al tiempo mismo.
Mario Mellado se fue de este mundo a la pasmosa longevidad de los 106 años, dejando tras de sí una estela donde la realidad y el mito se entrelazan sin costuras visibles.
Con su sombrero de ala ancha curtido por el sol y los años, y su mirada profunda capaz de desentrañar intenciones ajenas, Mario no fue solo un habitante del campo, sino el centro gravitacional sobre el cual giraban las leyendas más oscuras y fascinantes del valle.
A su alrededor, el pueblo tejía un manto de respetuoso recelo. Se hablaba de su finca retirada como de un laberinto indescifrable donde los intrusos perdían el rumbo hasta el alba, y de sus noches de tormenta en las que el monte entero parecía cobrar vida con aullidos insólitos.
Para los parroquianos, cada victoria en la hoyada jugando a las bolas criollas —donde las esferas rodaban solas buscando el mingo— o la infalibilidad de sus gallos en el ruedo eran pruebas silenciosas de un pacto primigenio sellado en la oscuridad de la montaña. Pero más allá del misterio y de las habladurías de pulpería, Mario encarnaba la estirpe inquebrantable del conuquero aragüeño.
Aquel ritual cotidiano de susurrarle al oído a su fiel burro blanco antes de enviarlo a recorrer solo ocho millas de caminos oscuros y escarpados hasta la puerta de su casa resumía la comunión absoluta entre el viejo y su entorno. Nadie lo vio flaquear jamás; resistió gobiernos, crisis y tempestades con la misma firmeza con la que masticaba su tabaco ante la adversidad.
Cuando exhaló su último aliento, el valle guardó silencio. Hoy, cuando los caminantes cruzan los senderos montañosos al caer la tarde y sienten de súbito el rastro inconfundible del tabaco quemado flotando en el aire frío, saben que el viejo Mario no se ha ido del todo. Sigue vigilando desde la sombra de los cafetales, recordando que en las montañas de Las Tejerías hay leyendas que se niegan a morir.
Por Ana Macedo
2 de octubre de 2026
